Historia de la editorial

Carios María Domínguez
FRENTE AL nuevo y babélico mercado del libro la historia de las ediciones uruguayas parece una saga de modestos condottieri intelectuales. Campañas de marketing, excelencia gráfica, títulos de un amplio abanico temático, desde cómo peinar un gato hasta las enciclopedias del siglo XXI, colocaron al libro en el status de cualquier mercadería masiva. Sus formas de producción se modificaron a niveles inimaginables pocos años atrás, al grado de convertir en antigüedad el oficio de editor "Un pescador de perlas que sabía aguantar la respiración bajo el agua", señala Alberto Oreggioni, quien hizo suyo el destino de la editorial Arca.
Los libros del sello marcaron una época de la cultura uruguaya junto a Ediciones de la Banda Oriental y la editorial Alfa, tres empresas que motivaron y abrieron un ámbito para los libros nacionales cuando el país se descubría a si mismo al tenor de una realidad candente, colmado de avidez por la política, la cultura y sus escritores.

TRES SOCIOS Y UNA MAQUINITA. Arca fue fundada a inicios de los años sesenta cuando José Pedro Díaz, proveniente de una familia de impresores, Ángel Rama y su hermano Germán, compraron una pequeña imprenta en la calle Vilardebó con la que comenzaron a editar algunos títulos de tono académico. El primer libro con el sello de Arca data del año 64 y desde entonces su actividad creció bajo la tutela de Ángel Rama y José Pedro Díaz en el área literaria, y la de Germán Rama en las de sociología e historia.
Entonces Benito Milla había dejado de vender libros en las ferias y fundado Alfa, a la que solía asesorar Ángel, y un grupo vinculado a la Facultad de Arquitectura iniciaba Banda Oriental, sin adivinar que ese triángulo de empresas y libros hallaría en pocos arios una notable acogida entre los lectores. "Se formó rápidamente un público para el libro de tema uruguayo- recuerda Oreggioni-. Era un momento de mucha discusión, debates de ideas, interés por descubrir miradas nuevas sobre el pasado y el presente del país.
Al frente de la editorial Arca se hallaba Ángel Rama, quien por entonces era profesor de Preparatorios, de la Escuela de Arte Dramático, cronista del diario Acción, dirigía las páginas literarias de Marcha, trabajaba en la Biblioteca Nacional y, a veces, dormía
Sus frecuentes viajes lo vinculaban con la producción literaria latinoamericana, con editores y escritores hasta entonces poco conocidos en los países del sur. Entre ellos Gabriel García Márquez, a quien conoció en Cuba en el año 1967 cuando el autor circulaba por los ámbitos literarios del Caribe y se ganaba la vida como humilde periodista en condiciones más que precarias. Se quejaba de que en México le habían publicado. El coronel no tiene quien le escriba sin su permiso ni oportunidad de corregirla. Para que lo editara en Uruguay le entregó a Rama el manuscrito de La hojarasca.
Mientras preparaba a las apuradas la edición del libro en la Biblioteca Nacional, una tarde Rama le pidió a Oreggioni que lo ayudara con la corrección. Rama era encargado de comprar los libros de la biblioteca y Oreggioni, entonces un muchacho de 23 años, solía abandonar su oficina en el Instituto Nacional de Investigaciones y Archivos Literarios donde trabajaba con Roberto Ibáñez, y acercarse a curiosear las nuevas adquisiciones. Corrigieron juntos la edición de La hojarasca y poco después Ángel lo invitó a sumarse a su editorial, que funciona en un pequeño local de Colonia casi Yi.
La hojarasca se vendió muy bien en Uruguay, mucho antes de que Cien años de soledad consagrara a García Márquez y transformara el panorama editorial de América Latina. "Me acuerdo que Julio Rodríguez, el historiador -evoca Oreggioni- estaba trabajando circunstancialmente con notros y me dijo: ¡este es el libro que yo debía haber escrito!. Se lo había devorado en una noche". Entre las primeras ediciones de Arca se publicaron, gracias al contacto personal de José Pedro Díaz con las hijas de Felisberto Hernández, La casa inundada, Por los tiempos de Clemente Colling, y finalmente la obra completa del escritor, hasta entonces prácticamente desconocido e inédito. En esas ediciones lo leería poco después Julio Cortázar, quien con el crítico francés Roger Caillois se encargaría de impulsar su difusión mayor. También Ángel Rama se encargaría de editar los inéditos de Horacio Quiroga y varios títulos de Juan Carlos Onetti cuando éste sólo había merecido una modesta notoriedad .Entre ellos Tan triste como ella, Tiempo de abrazar y la segunda edición de El pozo, enterrado en los depósitos de Barreiro y Ramos desde su breve e infortunada aventura en 1939 –Onetti se hallaba a cargo de las Bibliotecas Municipales y pasaba la mayor parte del tiempo encerrado en su departamento de Gonzalo Ramírez a donde Rama y Oreggioni iban a visitarlo. “El vínculo era de Ángel –dice -. Yo lo acompañe varias veces porque me moría por conocer al viejo desde entonces desarrollamos una buena amistad hasta que lo metieron en la cárcel por el famoso premio literario de Marcha y se fue a España. Nunca me escribió una carta pero como era posible esperar, le escribió cuatro o cinco a mi mujer”.
EDICIONES DE UN DIA. Eva Burgos, de Enrique Amorín, los libros de Mario Benedetti, Paco Espínala, Idea Vila riño y Mario Arregui, las crónicas de El Hachero, autores nuevos como Híber Conteris, Cristina Peri Rossi o Teresa Porzecanski hallaron en Arca un espacio de difusión multiplicado en las colecciones económicas de los Bolsilibros, que competían con los “Populibros” de Banda Oriental y las ediciones de Alfa en un mercado cuya respuesta superaba las expectativas de los editores.
Recuerda Oreggioni que cuando editaron La guerrilla tupamara de María Esther Gilio “tiramos tres mil ejemplares y se agotaron en el día. Hubo que correr a hacer otra edición. Yo me encargaba del tráfico entre la imprenta y el destino final del libro. Ya no teníamos la primera máquina, encargábamos afuera, y si como en ese caso el libro tenía expectativa, al pobre Mañanita, que era el dueño del taller de linotipia, le decía: guárdeme el plomo, Mañanita, porque parece que la venta va a seguir. La linotipo permitía componer la línea entera en una barrita con una aleación de aluminio y plomo, después de utilizada, se fundía y se hacía otra cosa”.
Entonces Quijano se le quejaba a Rama: “Pero usted publica cosas que se han editado en Marcha...” “ Y cual es el problema?”, le contestaba Ángel, al tanto de que la propiedad intelectual se cedía pero se enajenaba. En forma paralela a la edición del semanario, Quijano impulsó “Biblioteca de Marcha” y se sumó al nuevo auge editorial. La Colección Bolsilibros de Arca llegó a editar 118 títulos con tiraje de dos mil o tres mil ejemplares, muchos volvían a reeditarse y pararían impensables los tirajes inferiores a mil. El celo intelectual de Rama lo llevo a iniciar la “Enciclopedia Uruguaya” para competir en los kioscos con “Capitulo Oriental”, lanzada por el Centro Editor de América Latina, con cede en Buenos Aires y dirigida por una figura señera de los editores argentinos, Boris Spivacov, quien multiplicada colecciones como panes. “Fue una respuesta de altivez de Rama –cuenta Oreggioni- porque Spivacov con quien tenia muy buena relación no lo invito a formar parte del comité de redacción de Capitulo Oriental, integrado entre otros por Carlos Maggi y Carlos Real de Arzúa. Ángel se asocio con Darcy Ribeiro, que estaba exiliado en Uruguay, y con Julio Bayce ya fallecido –bueno, en realidad casi todos los protagonistas de esta historia han muerto a veces me siento como Pedro Páramo- alquilaron un nuevo local en Cerro Largo y Rió Branco y salió semanalmente durante sesenta números con un perfil cultural del Uruguay, mientras que Capítulo se ceñía a un marco especifico literario empezamos tirando 23000 ejemplares y los últimos números habrán rondado los siete mil. Algún número, por el ejemplo el dedicado a la Masonería desaprecio en 24 horas de los Kioscos. La gente comentaba que los propios Masones compraron los ejemplares para que nadie se enterara la enciclopedia camino muy bien, pero era muy difícil calcular los tirajes y con el tiempo fue quedando de sedimento una deuda con la imprenta, que se saldó con “Cien años de fútbol” y otras colecciones similares para ir extendiendo la rua. Así decía Bayce, cuyo padre había sido sastre y solía repetir eso: hay que estirar la rua (lavar la deuda de un producto con otro producto)”.
A fines de los sesenta Oreggioni funcionaba como apoderado legal de Rama y había sido integrado con una pequeña porción accionaría. Pero la situación política comenzó a recalentarse en la violencia hasta convertir los libros en un negocio tan próspero como inseguro. Una bomba hizo estallar el frente del local de Colonia y Yí. “Cuando llegué al local la cortina estaba volada-recuerda-.Fui a hacer la denuncia a la comisaría, me atendieron mal y nunca se esclareció nada. Es que entonces ya había atentados por todas partes. Poco después nos mudamos al local más recordado de Arca, el de Andes 1118, y ahí pasamos toda la dictadura”.
HUMOS EN EL PARRILLERO. El golpe militar llevó al exilio a los principales responsables de Arca. Ángel Rama marchó a Venezuela y Germán Rama a Colombia. Encargado de sostener el destino y espíritu de la editorial, Oreggioni la convirtió en peña y refugio de encuentros literarios e intelectuales, en especial los sábados, cuando gracias a las bondades del parrillero con el que contaba la nueva casa, se hacían a mediodía asados y comida de olla para quienes concurrieran, viejos y nuevos amigos de Arca atraídos por la necesidad de escapar a un mismo desamparo. Entre ellos Juan Fló, que había renunciado a su cátedra en la Facultad de Humanidades, Marosa Di Giorgio, Carlitos Espínola, Guillermo González, Juan Capagorry, Mario Arregui y luego también algunas figuras internacionales como José Donoso o Mario Vargas Llosa, de visita en el país y en busca de contactos menos protocolares con la cultura local.
Por entonces Oreggioni se escribía en la forma permanente con Rama, consultaba los planes y estrategias a seguir “No es que no haya tenido el proyecto de irme- recuerda- pero nunca encontré a quién dejarle la editorial, alguien con la suficiente experiencia e interés porque el trabajo del editor es como cualquier otro pero hay que tener algunos tiquismiquis”. Y a la policía le resultaban sospechosos. “ Poco después me vinieron a buscar, primero a mi casa, en Malvin, donde mi tía les dijo que estaba en Arca. ¿Puedo avisarle?, les preguntó. Sí, como no le dijeron, y dígale que nos espere. Cuando mi tía me llamo tuve que tomar una decisión. Porque demoraron los tipos. No vinieron con un patrullero y la alarma puesta, quién era yo, un perro del albañal....Vinieron paseando por la rambla y demoraron como una hora y media. Yo no sabía por qué venían. Les dije a los demás que se fueran. Rajaron todos. Entonces trabajaban conmigo el Pastilla (Milton) Fornaro y Alicia Migdal, y me quedé solo, esperando”.
“No tenía motivos para escapar: No pertenecía a ninguna organización aunque todos sabían lo que pensaba. Todos menos ellos, que después quedaron con un barullo bárbaro en la cabeza. Cuando pasó la dictadura, un día me paró en la calle uno de ellos y me dijo: “Pero al final de cuentas, decime una cosa, qué sos vos ¿socialista? ¿Revolucionario? . No le dije, olvídate, ahora estamos todos tranquilos”.
“Los esperé y ellos debieron pensar: a este bobo le dimos la oportunidad de que se fuera si tenía alguna cosa, evidentemente no ha de tener mucho. Cuando llegaron me miraron la correspondencia, me interrogaron y me detuvieron dos o tres días en el Departamento Cinco, que era encargado de la parte política. Preguntaban por que teníamos tantos libros cubanos, investigaron los movimientos bancarios y como no encontraron nada me largaron, así que volví a la editorial y regreso todo el mundo a su trabajo normal”.
La situación económica de la editorial entonces se había vuelto difícil porque la censura impedía publicar a Benedetti y a muchos otros escritores interdictos. Cayeron las ventas y se redujeron los tirajes. Pero Oreggioni leía en la Revista de Magisterio una columna que se titulaba “Maestro” en la que un docente de primaria recogía las ocurrencias de sus alumnos, y se moría de risa.
Consiguió su teléfono por una amiga y le propuso editar un libro con aquellos disparates – “la mosca es un incesto” “la sólida e inesperada muerte de Solís” –cuando el maestro José María Firpo estaba por llevárselos a una editorial de Buenos Aires que publicaba a Wimpi. “ Bueno, pero si usted es de acá y quiere probar suerte, dijo Firpo, un tipo de aire señorial pero al mismo tiempo con algo de reo, con calle, porque había sido maestro en El Cerrito de la Victoria, en el Muelle Maciel y sitios similares”.
La publicación de El humor en la escuela se convirtió en un éxito desbordante. Se hicieron catorce y quince ediciones de una serie de libros que salvaron a la editorial, dieron a Firpo una enorme popularidad y contribuyeron a la liberación de su esposa, detenida por la dictadura cuando apareció el primer libro. El éxito lo llevó a la tapa de “El País de los Domingos” donde se lo eligió como una de las personalidades del año y la notoriedad alcanzada cambió la perspectiva de los militares sobre su prisionera. Fue liberada pocos meses después.
Cerradas Alfa y Biblioteca de Marcha, la prolongación de la dictadura dejó operando en Montevideo prácticamente sólo dos editoriales de referencia ineludible, Banda Oriental y Arca que, como suelen bromear Heber Raviolo y Oreggioni hasta el día de hoy, se reparten el territorio desde la cuchilla al norte para el primero y de la cuchilla al sur para el segundo. Nuevas amenazas de cierre, sin embargo llevaron a Oreggioni a emprender una colección común con Banda Oriental y otros editores para preservar los fondos editoriales y vender en Buenos Aires, acaso el único intento de conquista del mercado porteño por parte de los editoriales uruguayas. Bajo el sello Calicanto se editaron más de treinta volúmenes. Banda Oriental acercó Tierra de nadie de Onetti, y con el apoyo de la Embajada de Brasil se lanzó una magnifica colección de Tutameia,
De Guimaraes Rosa, constituyendo una de las primeras y escasas traducciones al español de la literatura de Brasil. Importante desde el punto de vista cultural, el emprendimiento comercial sin embargo se volvió inmanejable y la experiencia se discontinuó.
POR UN CAPÓN. Cuando la dictadura declaro la ilegalidad del Partido Comunista los declarados y confesos marcharon a los calabozos en toda la República, con ellos Mario Arregui, por amigos del comunista, Beto Oreggioni y Juan Fló, los tres sorprendidos en el Departamento De Flores a punto de perpetrar un asado en la estancia familiar.
Fueron conducidos a la comisaría de Trinidad e instalados en la caballeriza, aunque se hacían traer la comida por el mozo del café Beirut. Mario Arregui no ere a ningún desconocido para sus captores. Primo del comisario, se tuteaba con todos los habitantes de Trinidad, “ un pueblo que como solía decir Cuque Sclavo –recuerda Oreggioni – no existe. Lo arman cuando pasa la Onda y después que pasa el ómnibus lo desarman hasta el próximo turno”.
Liberados a la semana, reincidieron en comer el asado de capón que se habían prometido y regresaron a Montevideo, Arregui con más fortuna que un año después, cuando volvieron a arrestarlo, lo llevaron a Colonia y sufrió torturas “ que lo disminuyeron de un modo irreversible”.
Arca continuó operando como refugio cultural, igual que otros reducidos ámbitos de la ciudad donde la actividad profesional, por modesta que fuera, cobraba una dimensión de resistencia, a la espera de que la dictadura acabara. Oreggioni, que hacía tiempo había renunciado a su carga en la Biblioteca Nacional, vivía en el local, pasaba esos “ asados de pobres, tres costillas de falda para los que quisieran arrimarse”.
La muerte de Ángel Rama en 1983 al incendiarse en España el avión que lo llevaba, puso fin a una de sus relaciones más fraternas e intensas, indemne durante todo el exilio. El arribo de la noticia en vísperas del acto de Obelisco que congregó a las principales figuras del país para pedir el cese del régimen, lo obligó a deambular por la ciudad detrás de las huellas dentales que pedían desde España para identificar sus restos. Compara el dentista como muchas otras cosas en la vida. En calidad de apoderado personal, Oreggioni hasta se había divorciado de Ida Vitale en su nombre .
“Fue un gran amigo de mi vida – dice- Ángel había hecho una gran carrera universitaria, tanto en Venezuela como Puerto Rico y en Estados Unidos. Durante el gobierno de Reagan lo acusaron de comunista, necesitó poner un abogado y fue inútil porque no le querían renovar la visa para proseguir su trabajo en la Universidad de Maryland. Entonces se fue a París con su nueva mujer y la muerte lo sorprendió en España. Ya había hecho la Biblioteca Ayacucho en Venezuela, se había sacado las ganas de editar cuanto quería y en ese momento pensaba dedicarse a corregir y ampliar su obra crítica porque tenía infinidad de apuntes y ensayos sin publicar. Posteriormente, ese trabajo de selección lo hizo muy bien Tomás Eloy Martínez para la Biblioteca Ayacucho, donde fueron editados.”
UN ASUNTO DE ESTILO. El arribo de la demasía permitió a la editorial recuperar autores, reeditar a Benedetti, Cristina Peri Rossi y otros, con lo que consiguió expandirse de nuevo, aunque esta vez en forma modesta porque los tirajes no se recobraron y la situación económica y política modificó los énfasis del país. Con todo, Arca llegó e editar un Diccionario de Literatura Uruguaya, una obra importante, hecha por un equipo de varios especialistas, y dirigida por Alberto Oreggioni. Paralelamente, a las sobrevivientes Arca y Banda Oriental se sumaron empresas nuevas como Trilce, TAE, Fin de Siglo y muchas otras que hoy forman el contexto editorial local, junto a la presencia de editores españolas.
En 1995 los herederos de Ángel Rama redistribuyeron sus bienes. Su hija Amparo se quedó con la inmensa biblioteca y su hijo Claudio con las acciones de la editorial. Pero la gestión de la empresa se modificó surgieron desentendimientos y Oreggioni finalmente decidió apartarse de la editorial en la que trabajó durante más de treinta años, pasando a formar la actual Cal y Canto.
Entre orgullos mayores de Arca cuenta la edición de la obra de Felisberto Hernández y la de Juan Carlos Onetti con la modesta felicidad, si no de darlos a conocer en el mundo, de haber apostado al valor de sus obras en momentos decisivos porque Oreggioni es un editor “a la vieja usanza”, un hombre que lee manuscritos y se le resultan interesantes y no lo llevan a la ruina, apuesto a su edición fuera de la hegemonía del cálculo económico. “Editar es una gestión que hoy se halla diversificada en muchas áreas- señala- : lectores contratados, administradores, correctores, diseñadores y una red que comienza en el mandadero y termina en las relaciones financieras más insondables. Hay quienes protestan y dicen que nosotros hacemos el trabajo negro, después vienen las grandes editoriales internacionales y nos roban los autores. Pero no hay más remedio. Se acabo el oficio. Los escritores merecen una mayor profesionalización, aunque en este país los que viven de sus libros siguen siendo dos: Galeano y Benedetti. Diría que en toda la historia uruguaya, porque ni Horacio Quiroga pudo hacerlo en su mejor momento y Florencio Sánchez sólo recibió algún peso de vez en cuando”.
“Cualquier editor sabe que hay temas que venden, pero no todos dan un lugar a los libros emblemáticos. A veces pierdo plata a lo bobo en aras de publicar una obra que sé que no va a vender nada. Pero lo hago porque creo que es un escritor admirable, por ejemplo, y porque somos con unos pocos locos casi los únicos que seguimos editando poesía en el país. Hay libros que tienen que existir, incluso va a dar su mejor obra, la publique o no la publique yo”.

El Diccionario de la Literatura
TAREA DE GENERACIONES

UNO DE LOS emprendimientos editoriales más importantes de Alberto Oreggioni es el Diccionario de Literatura Uruguaya que ya que comenzó a publicar Arca en 1985, luego de una larga historia que incluyó a varias generaciones de críticos y estudioso. “La idea surgió en 1967 o 1968- cuenta Oreggioni- luego de un viaje a Cuba de Ángel Rama, donde conoció el proyecto de Casa de las América que estaba trabajando en un diccionario de autores cubanos. Se trabajó bastante tiempo, organizando las diferentes entradas, estableciendo distintos tipos de fichas según los autores fueron clásicos o más recientes. En ese período trabajaron Mario Benedetti, Ángel Rama, Idea Vilariño, Jorge Ruffinelli, además del equipo de críticos invitados a colaborar. Yo en esa época actuaba como director suplente de Ángel ya viajaba mucho.
Cuando se produce el golpe de estado en 1973, todavía el diccionario no estaba terminado, pero resolvimos seguir trabajando a pesar de saber que no íbamos a poder publicarlo, ya que había escritores prohibidos, En ese período trabajaron conmigo José Díaz Milton Fornaro y Alicia Migdal. Al final de la dictadura se aceleró el trabajo, ahora con Wilfredo Penco, Pablo Rocca, Carina Blixen y Oscar Brando”.
Finalmente se publicaron los dos tomos de autores y un tercer tomo de antología crítica fundamentales, complementando con un exhaustivo relevamiento de revistas, páginas literarias, cenáculos y períodos culturales. En la actualidad se esta trabajando en una puesta al día del diccionario en un emprendimiento de Alberto Oreggioni y la Editorial Banda Oriental, con el apoyo del Fondo Capital de la Intendencia Municipal de Montevideo. “El diccionario tendrá ahora alrededor de doscientas entradas más, además de la actualización de fichas anteriores. Estamos viendo si introducimos una categoría un poco específica, con aquellos autores que pensaron o historiaron el país. Serán dos tomos grandes y tal vez haya un tercero si resolvemos este tomo de ensayistas e historiadores. La idea es terminarlo este año y saldrá alrededor de marzo o abril. Se esta trabajando con equipos nuevos de gente joven”.

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